follando a mi sobrino

Tengo treinta años. Estoy divorciada. Mi nombre es Luci. Viva en una localidad de Tarragona. Mido 1,75 y soy de piel morena. Tengo el pelo moreno. Me cuido bastante, así que tengo un tipo bastante bueno. mis pechos generosos y una cintura estrecha. Las caderas las tengo anchas, y las piernas, son estilizadas.

A pesar de mis salidas a discotecas y en contra de lo que se dice de las separadas o divorciadas de que estamos muy calientes, siempre he sido muy tímida y he ligado pocas veces desde que me divorcié y nunca me he atrevido a llevarme a un ligue a casa.

Mi hijo se llama Dani, como su padre. Le quise preparar una fiesta sorpresa, para que se divirtiera y olvidara un poco todo lo del divorcio, ya que lo paso mal. Quería invitar a todos sus amigos y sus primos. Me encontre en la calle con el sobrino de mi marido, al que yo también consideraba sobrino mío y le invité al cumpleaños. No le apetecia al principio, ya que con sus diecinueve años se veía desplazado por la edad del resto de los invitados. Le intenté convencer con la idea de que irían sobrinas mías de dieciocho años, que no las conocia, ya que estaban de vacaciones.

Al final, para conseguir que viniera, le propuse que viniera acompañado de algún amigo suyo, con el que finalizar la tarde. La verdad es que me hice a la idea que no vendría, pues lo veía, verdaderamente muy cambiado.

 

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Aquel sábado empecé a preparar la fiesta sorpresa después de comer. A las seis empezaron a llegar los primeros amigos, y primos de mis hijo. Mis hermanos, hermanas, cuñados y cuñadas se quedaban un rato, igual que alguna que otra madre que me traían a algún amigo de Dani. Repasé mentalmente la lista de invitados. Faltaba su padre, que ya se había escusado y se comprometía a venir a recogerlo al final de la tarde para pasar con él el resto del fin de semana. Notaba la falta de algunos primos entre ellos, mi sobrino Luis, al que en el fondo lo entendia.

A las seis y media sonó el timbre y al abrir la puerta me llevé la sorpresa de que Luis venía acompañado de un par de amigos, de muy buena pinta. Unos chicos muy guapos, con la misma cara de inconformista que Luis. Los estuve vigilando un poco. Estaban en la fiesta aburridos. Me parecieron muy educados, ya que a pesar de todo, no causaban problemas y tuvieron el detalle de traerle un regalo a Dani, un dvd musical. En cuanto las personas mayores me dejaron a sus críos y se fueron y vi que los chicos se habían entregado a sus juegos, me propuse, como anfitriona, amenizarles la tarde, para lo que comencé por proponerles servirles un combinado, no muy cargado, por supuesto.

Los saqué de aquella habitación, donde los críos chillaban y correteaban para llevarlos al salón y nos sentamos en torno a la mesita del salón. Les hacía preguntas sobre los estudios, las novias y esas cosas que se preguntan. Me parecían encantadores. Ni siquiera me molestaban esas miradas insistentes que echaba al escote de mi camisa uno de los amigos de Luis, pues me parecieron normales a su edad.

Pero la verdad es que como me dí cuenta que les hacía las mismas preguntas de siempre, les propuse ponerles música para bailar. No parecían muy animados, así que cerré la persiana para crear ambiente y puse la música, como los veía con cara de aburridos, se me ocurrió animar la fiesta poniéndome a bailar un poco provocativa. Me meneaba delante de ellos. No me lo explico. Moví mi cabeza y eché mi pelo por delante de mi cara. Creo que me sentía tan valiente por que estaba delante de tres chicos a los que no veía como hombres, sino como mozuelos de diecinueve años. Las caras de mi sobrino y sus amigos y sus miradas de reojo, en lugar de cortarme me animaban.

 

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Iiba vestida de informal. Unos vaqueros, una camisa, unos zapatos sin tacón, un atuendo ideal para bailar. Empecé a bailar con uno y otro al ritmo de la música salsa que sonaba ahora en el equipo. Ya os podéis imaginar: Roces, meneos, calor, mucho calor. Los muchachos se mantenían en corro, esperando que soltara a uno para coger a otro.

Así llegamos hasta las ocho. Luego, para evitar cansarme más puse un disco de música más lenta. Se me ocurrió, mientras los otros dos se movían lentamente, agarrarme a un de los chicos y bailar juntos. EL muchacho estaba tenso y le puse sus manos sobre mi cintura. Se mantenía alejado de mí. Mantenía con él una conversación, haciéndome la simpática y animándole a aproximarse un poco más. Incluso, cuando bailé con Luis, puse mi cabeza sobre su hombro. No sé por que lo hacía. No era mi intención calentarlos, sino hacerles pasar por una experiencia para que se sintieran bien y a gusto.

El caso es que al estar tan cerca de Luis, me junté a él todo cuanto pude. Estaba pegada a mi sobrino como si fuera una lapa. En ese momento lo sentí. Esbocé una sonrisa, al notar la excitación de su miembro clavarse en la parte baja de mi vientre. Comprendí que quizás me había pasado, pero no quise separarme, para no violentarle. Permanecí a su lado, aunque no tan pegada, aunque no me atreví a levantar la cara de su hombro.

La puerta de la sala se abrió de golpe. Era mi hijo que me avisaba de que habían venido a recoger a uno de sus amigos. Levanté la cabeza rápidamente. No se por que me sentí de repente avergonzada de que mi hijo u otra persona nos viera así.

Empezaron a marcharse los chicos, y mi hijo no fue el último que se fue. Su padre vino a recogerle y salió pitando. Tras la fiesta, la casa estaba hecha un asco. Luis y sus amigos se iban, no sin antes ofrecerse a echarme una mano. Los retuve un ratito, pero no quise abusar de su educación, así que finalmente, a cosa de las 8 y media o así, se fueron y me quedé recogiendo la casa.

 

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Me entoné con otro cubata mientras recogía los platos y vasos de plástico. A eso de las diez de la noche, sonó el portero. Pensé que era una visita a un vecino, alguien que se había confundido. Reconocí la voz de mi sobrino Luis. Le abrí. Me dijo que había perdido la cartera. Me extrañó, la verdad, por que habiendo ordenado la casa, debía de haberla encontrado.

Cuando abrí la puerta de la casa me sobresalté un poco al ver a Luis acompañado de sus amigos. Entraron en la casa sin preguntarme si podían pasar. Se me antojaban que me miraban de una forma extraña. Luis preguntó por la cartera. Le repetí que no la había visto y me pidió buscarla él mismo. Buscaron los tres chicos por el salón. Me daba la impresión de que se estaban haciendo los remolones. Al final Luis me dijo que estaba en un problema, pues no tenía dinero para volver a casa, ni documentación. Yo me ofrecí a prestarle dinero, incluso fui a buscar mi cartera al dormitorio.

Cuando volvía al salón , por el pasillo me dí cuenta que habían cambiado la música del aparato. Habían puesto una música lenta. Los tres estaban sentados en el sillón. Luis me enseñó su cartera. Me dijo que se la había dejado entre los cojines del sofá. Me dí cuenta que los chicos se habían servido un cubata. Luis se puso de pié y extendió sus brazos invitándome a bailar.

Acepté su proposición, aunque conforme pasaban los minutos me iba arrepintiendo, pues la forma de bailar de Luis ahora no se parecía en nada a la respetuosa manera de bailar de antes. Me obligaba a pegarme a él, a rozarme. Si me intentaba separar me agarraba con fuerza y me atraía hacia él. Noté sus manos deslizarse por mis caderas y luego, posarse descaradamente en mis nalgas. Le pregunté si no era un poco descarado. Me arrepentí de hacerlo porque al oirme yo msima mis palabras me sonaron un poco picaronas.

Le miraba a la cara para que se sintiera avergonzado, pero no sólo no lo conseguía, sino que su mirada me provocaba una mezcla de deseo de protegerle y de calor. No quería ni mirar a sus amigos. Luis dio un paso más y puso su cabeza en mi hombro, como yo, inconscientemente había hecho antes. Comencé a notar su boca en mi cuello, dándome besitos que me incomodaban. Sólo reaccioné cuando sentí como Luis ponía su mano sobre mi pecho.Nos sentamos en el sofa los cuatro juntos. Y eso cambio por completo nuestra velada.

Me ofrecieron beber de sus vasos. Yo rehusé, pero no tuve más remedio, pues Luis me cruzó la cara. Me sentí profundamente humillada y muy excitada, pero decidí cambiar de actitud y bebí. Los chicos me hicieron beber varias veces a lo largo de la noche. Creo que eso también me hizo entregarme a su juego, pues la verdad es que al poco rato, ya casi no me daba cuenta de cómo habíamos llegado hasta ahí.

Fui invitada a bailar. Bueno, invitada en cierta forma, pues la verdad es que los chicos se turnaban en pegarse a mí y magrearme el trasero mientras la música sonaba. Luis era el que tenía más iniciativa. Cuando le tocó a él, me besó en la boca. Sentí su lengua apoderarse de mí, introduciéndola entre mis labios impetuosamente. Yo me limité a entreabrir mis labios. No quería oponer una resistencia que lo único que haría sería provocar su violencia o desatar su deseo aún más. Sus manos se posaron en mis pechos. Me apretaron los senos como lo hizo mi primer novio, cuando yo tenía más o menos la edad que Luis tenía ahora. Lo que no hizo mi novio fue desabrochar los botones de mi camisa y luego, tirar de los hombros hacia abajo hasta dejarme tapada sólo con el sujetador.

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Me besaba cada trocito de piel que la camisa había dejado de cubrir. No sólo el cuello, sino los hombros, la clavícula, luego la parte alta de mis pechos. No tardó Luis en hacer saltar el broche trasero del sujetador y luego, tirando de la parte delantera hacia arriba, lo puso detrás de mí. Sentí mis pezones erizarse. Una erección que aumentó cuando Luis manoseó mis pechos y puso la yema de sus dedos en mis pezones, acariciándolos primero, y luego pellizcando y tirando de ellos con suavidad.

Luis desabrochó el botón de mi pantalón vaquero y bajó la bragueta. Tuve que asistir sin poder oponerme a que metiere mis manos en mis vaqueros, por detrás y tirara de mi tanga hacia arriba. Sus manos estaban aprisionadas entre los vaqueros y mi trasero y el apretaba mis nalgas con fuerza. Me tuve que poner de puntillas. Mis pechos cayeron sobre su cara y el jugó con ellos, besando, lamiendo, mordiendo…

Luis me llevó al sofá. Me sentó entre los dos amigos. Ambos me cogieron del hombro y mi sobrino tiró de los extremos del vaquero. Me sacaba los vaqueros sin quitarme los zapatos, lo que dificultaba la tarea. Llevaba unos zapatos sin tacón, pero elegantes, de esos que dejan el pié casi desnudo. Me dejó en tanga.

Los dos muchachos comenzaron a meterme mano. Me daban besitos en la cara y el cuello mientras me manoseaban los muslos primero, pero no tardaron mucho en tocarme los pechos. Se habían dividido mi cuerpo entre los tres, respetando su simetría, y disfrutando de mi boca, por turnos. Besaba a uno y luego a otro, mientras Luis me miraba, con un cubata en la mano. Mientras uno de los chicos me besaba la boca, el otro muchacho comenzó a lamer mis pechos hasta concentrarme en mis pezones. Su mano descendió hasta mis muslos y de nada sirvió cerrar instintivamente mis muslos. Luis se puso de rodillas frente a mí y me las abrió.

Al darse cuenta el otro muchacho de que su amigo se comía mis flanes, decidió comerse el otro y cada uno de mis muslos era surcado por las manos de los muchachos, hasta que el de la izquierda metió su mano dentro de mi tanga y tímidamente avanzó hacia mi raja. Sentí la necesidad de revelarme, pero sinceramente, creo que eso sólo hubiera empeorado las cosas.

 

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El muchacho introdujo tímidamente su dedo en mi chocho. Me rozaba el clítoris y para mí fue incomprensible notarme húmeda. Mi cuerpo me traicionaba. Inconscientemente reaccionaba de la manera que no deseaba. Me negaba a admitir que sentía placer.

Luis cogió ambos lados de mi tanga y de un tirón lo bajó hasta las rodillas, enrollado por la travesía por mis muslos. Me rebelé. Fue una tonta consecuencia de sentirme excitada. Quería demostrarme a mí misma que no disfrutaba, pero sólo sirvió para que Luis tomara mis rodillas con fuerza y las separara, tras quitarme el tanga de los tobillos. Los dedos de sus amigos se hundieron un par de centímetros dentro de mí. Luis les ordenó que me castigaran, y sus labios apretaron mis pezones. Gemí de placer.

Luis soltó mis piernas, pues ya era inútil lo que hiciera por librarme de sus amigos. Se habían apoderado de mi sexo. Le vi oler mi tanga y presentí que había descubierto el rastro húmedo de mi excitación en mi tanga. Dio la orden de que me tendieran en el sofá.

Se pusieron de acuerdo. Conocían bien sus gustos y fantasías. El rubio se puso entre mis piernas. Me cogió las piernas con los brazos y se puso de rodillas delante de mí. Hundió su cara en mi vientre, entre mis muslos y comencé a sentir su lengua lamerme el sexo, mi clítoris. Era una cochinada a la que nunca había cedido con mi marido, pero ahora me gustaba. Me daba muchísimo placer. EL otro muchacho me cogía los pechos y me los acariciaba con pasión a veces, y otras, con suavidad. Tenía mi cabeza apoyada en sus piernas.

Mi cabeza dio a parar al cojín cuando el chico se levantó y comenzó a lamer mis pechos. Mi calor, mi excitación cada vez era mayor. Tenía frente a mí la bragueta del muchacho y la veía a punto de estallar.

El chico que me comía el chocho comenzó a ayudarse con un dedo y empezó a penetrarme con él. Yo hice lo posible por disimularlo, pero fue inútil. Luis estaba pendiente y se dio cuenta por mi respiración, o por la forma de mover mi vientre, de que me estaba corriendo. Cerré los ojos como si fuera mi mirada lo que pudiera traicionarme y así permanecí hasta que finalizó.

Luis les animó a que se bajaran ambos el pantalón. Una felación era otro de los caprichos que no había concedido a mi exmarido, el tío de Luis. Sin embargo, ahí estaba, de rodillas, delante de los dos chicos, que con los pantalones bajados y el miembro erecto, esperaban que me las metiera en la boca. Uno de los chicos dijo que el prefería follarme. Me eché a temblar y les dije que no podía ser, que no tenía preservativos. Luis sonrió y le dijo a su amigo que con la mamada era bastante. Su amigo puso cara de conformarse y se puso cómodamente en el sillón.

Jamás había comido una polla. El sentir la polla entre mis labios me causó asco al principio, pero luego me fue gustando, sobre todo si pensaba el placer que era capaz de causar con la punta de la lengua. Estuve jugando con mi lengua en su prepucio mientras sentía su mano posarse sobre mi cabeza acariciando mi pelo, mientras con la otra se pajeaba. Pagué la novatada, por que de repente, noté como el chico presionaba mi cabeza hasta metérmela profundamente, casi hasta la campanilla. Y entonces ya fue tarde. Lo sentí explotar en mi boca, llenarme de semen que intenté escupir cuando el chico terminó de eyacular.

No había casi terminado con un chico cuando el otro me requirió. El chico me puso entre sus piernas y yo tomé su picha. Me magreaba las tetas mientras sentía crecer su picha entre mis labios. Sentí una mano en mi trasero, una mano que se deslizó hacia debajo y hacia dentro, hasta comprobar mi humedad. Miré hacia detrás de reojo. Era Luis. Pronto me volví a sentir penetrada de nuevo, por aquellos dedos inexpertos y ambiciosos de uno de los jóvenes. Este chico no me obligó a comermelo, pero tampoco me avisó. Al sentirlo eyacular me sentí golosamente atraída por el sabor recién descubierto y lamí la polla con más ganas que antes, aunque el chico me pidiera que le soltara.

 

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Me dejaron descansar en el sofá un rato, pero los chicos decidieron seguir jugando conmigo al cabo de un rato. Me tomaron y me pusieron de pié. Me llevaron a la mesa del cuarto donde se había celebrado la fiesta sorpresa y me pusieron en la mesa. Estaba de espaldas al techo, desnuda, con el culo al aire. Los chicos registraban la casa buscando algo, no sabían muy bien el qué, hasta que al fin los vi que traían tres pepinos de diverso tamaño.

Me quejé y les pedí que no lo hicieran, pero no sirvió de nada. Al final, para no oirme, me dijeron que tomara una de los pepinos con la boca. Yo les obedecí. Lo mordí a lo largo, de manera que ambos extremos salían por cada lado de mi boca. Luego buscaron un nuevo lazo en la caja de la costura y atando un extremo del pepino, pasaron la cinta por detrás de mi nuca para atar el otro extremo. No podía hacer otra cosa con el pepino que morderlo.

Uno de los chicos echó un poco de aceite entre mis nalgas, a las que separaron una de otra, para que el viscoso elemento se deslizara hasta mi ano. Por si no fuera suficiente. Luis frotó el aceite en mi ano. Tocarme el agujero era algo que mi exmarido tenía totalmente prohibido, y que ahora su sobrino conseguía. Comencé a sentir como presionaban el pepino contra mi ano.

Yo intentaba apretar al principio, pero lo solucionaron poniendo más fuerza. el pepino comenzó a atravesar mi ano y a meterse dentro. Aquellos diecinueveañeros a los que había tratado con una "excesiva" hospitalidad me estaba follando el culo con un pepino. No pararon ahí, pues los chicos comenzaron a introducir otro pepino dentro de mi vagina. No tenía otra opción que aguantar. Mordía el pepino, pero era lo bastante gordo como para no poderlo partir.

 

desnuda en tanga  

Me relajé. Uno de los chicos movía el pepino del culo y otro, El de mi vagina. Sentía placer en todo mi cuerpo, una sensación mezcla de placer, mezcla de agotamiento. Me relajé y sentía los dos falos introducirse de una manera más placentera. Uno de los chicos me cogió de la melena y dobló mi cuello. Lo miré. Era uno de los amigos de Luis que me miraba con una expresión mezcla de satisfacción y rabia.

Me vino el orgasmo. Contraía los músculos de mis muslos e incluso hincaba las rodillas para levantar mi sexo, aunque la sensación del pepino en mi culo hacía que rápidamente me tumbara otra vez. Mi respiración se aceleró y casi estaba segura que me salía la baba por la boca abierta mientras mordía el pepino. Y allí me dejaron, tumbada sobre la mesa después de vivir aquel intenso orgasmo.

Me quitaron el pepino de la vagina primero, y luego el del trasero. Me lo hicieron oler uno y otro. Nunca me había olido. Era un olor en el que no me reconocía. Pude oir la conversación de los chicos. Los amigos de Luis se iban. Luis se quedaba. Le dijo a uno de sus amigos que si sus padres lo llamaban a su casa, les dijera que al final se había quedado a dormir en mi casa. Por lo visto, no lo esperaban en casa. Sería una noche larga, sin duda.

 

Hicimos un trato. Si yo cooperaba en sus caprichosos juegos, no se lo contaria a nadie. Para empezar, me desató las manos para atarmelas delante, lo que para mí era muchos más cómodo. Luego desató una de mis piernas. Le pedí si me podía poner el tanga y me dijo que sí, pero lo pensó mejor y se marchó a mi cuarto. Si hubiera sabido sus intenciones lo hubiera evitado por todos los medios. Le oí registrar mi armario y mi mesilla. Me di cuenta de mi error. Luis buscaba mi tanga, y yo lo que temía era que encontrara lo que se escondía debajo de todas ellas. Fueron segundos muy largos. Cuando venía por el pasillo, traía en la mano un objeto alargado con el que se golpeaba la palma de la otra mano; había encontrado mi vibrador.

Luis vino hacia mí y se divirtió intentando sacarme los colores, preguntándome si eso era mío, cómo se usaba. Le dio al botón y empezó a funcionar. Decía que hacía unas cosquillitas muy graciosas y me lo pasó por el pecho. Me protegí con los brazos. Luis recorrió mi cuerpo con su mirada y tras repasarme con la mirada decidió que haría la mudanza.

Me tomó por los pies, después de soltarlos de la pata del sillón, y atarlos de nuevos juntos. Me tenía tumbada en el suelo y me levantaba los pies para arrastrarme. Era una versión moderna de la forma de seducción cavernícola. En lugar de arrastrarme del pelo me arrastraba de los pies. Empecé a sentir el frío, la suciedad. Me intentaba revelar moviendo las piernas y la cintura, y le pedía que me soltara, gimoteando. No sirvió de nada . Me llevó así hasta el dormitorio.

Me cogió de la cabellera y me obligó a subirme a la cama. Le llamé bruto. Le dije que me hacía daño. Hice lo posible por ponerme en la cama lo antes posible. Tomó mis manos atadas y las ató a uno de los barrotes centrales de la cama. Luego me tomó una de las piernas, tras sacar de unos de los cajones un par de medias y me ató una pierna a una de las patas de la cama y la otra, a la otra pata de la cama. Opuse toda la resistencia que podía, pero fue inútil. No paraba de preguntarle qué es lo quería hacer, por que estaba inquieta. No sabía lo que quería hacerme el tio.

 

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Empezó a registrar de nuevo mi dormitorio. No me explicaba qué quería y yo le preguntaba. Me respondía con evasivas y yo cada vez alzaba más mi voz y me retorcía en la cama e intentaba desatarme. Entonces Luis respondió con fuerza. Tomó de la mesita de noche otro par de medias y rápidamente me la pasó por la nuca y me hizo un nudo delante de la boca. No podía abrirla, pues si lo hacía , me amordazaría de forma que no podría hablar.

Entonces se tumbó a mi lado y sentí su mano que avanzaba por el muslo y me acariciaba el vello de mi sexo. Me dijo que estaba buscando la maquinilla de afeitar para quitarme el pelo de mi sexo. Me pidió que le dijera donde estaban las maquinillas. Me quitó la media de la boca y le dije que en el cuarto de baño. Era falso y no tardó en venir decepcionado. Entonces me volvió a preguntar. Me dijo que si no se lo decía me cortaría los pelitos con unas tijeras. Una mirada mía me delató si querer. Luis miró y vió el bolso que colgaba del tocador. Lo vació sobre la cama y allí estaba, una maquinita sin estrenar. El problema es que buscando a ver si tomaba la píldora descubrió un preservativo que yo siempre llevaba por lo que pudiera pasar.

Luis lo miró con curiosidad, y yo a él con una mezcla de fatalidad y de expectación. Etaba allí, atada y desnuda, a su disposición. Luis me dijo que sabía que tenía que tener una cuchilla porque tenía el sexo muy depilado. Me lo arreglaba, era evidente. Comenzó a pasar la hoja por la parte alta de mi pubis y fue bajándola poco a poco, dejando al descubierto mi piel. Yo me estaba muy quieta y casi congelando mi respiración porque temía que me cortase.

Miré hacia abajo y esa pequeña diferencia me hacía sentir muy diferente. De repente me pareció que quería participar en el juego. Luis pasó su mano por el sexo y me quitó los pelos cortados. Me acarició y me penetró levemente con el dedo. Estaba tumbado a mi lado y jugaba conmigo y sus dedos provocaban que mi sexo se humedeciera. Ahora no era como antes, en que los muchachos me habían forzado . Ahora, mis ataduras formaban una parte que deseaba de esta situación. Me besó un par de veces en la boca mientras jugaba a calentarme. No penetraba mi sexo con decisión, sino que su dedo se movía por mi raja explorándola.

Mis pezones se me endurecían y deseaba sentir su boca, pero él me torturaba deliciosamente. Debió de pensar que ya estaba suficientemente caliente cuando comenzó a introducir su dedo en mi vagina, agitándolo lentamente y llenándose de mi humedad, mientras que al besarme, yo le confesaba mi excitación devolviéndole el beso con pasión. Luego recorrió con su lengua mi cuello y mi pecho, hasta alcanzar mis pezones.

Le pedí que se pusiera el preservativo y me follara, se lo pedí varias veces desesperada por mi excitación y la inminencia del orgasmo. Al final, vi inevitable el orgasmo. Ya no opuse más resistencia ni intenté retrasarlo más. Comencé a mover mis caderas para aumentar el goce de su dedo dentro de mi vagina, de su palma de la mano en mi clítoris, a buscar la cabeza de Luis con mi boca, para besarle, y mientras me corría comencé a sufrir unos sentimientos hacia Luis que no deseaba. En aquel momento, yo creí sentir que le amaba.

Nos besamos. Quería masturbarle, complacerle. Estuvimos hablando y el no me hacía caso cuando le pedía que me soltara para masturbarle. Me preguntó si se lo haría con la boca. Sabía que aquella pregunta me desconcertaría. Ya se la había tenido que mamar a sus dos amigos. Pero asentí. Al cabo de un rato en que continuaba jugando con mi sexo y mis pechos mientras hablábamos, dejó de hablar y comenzó de nuevo a magrearme.

Volví a sentir mi sexo humedecerse. Me acariciaba, pero sin la sonrisa pícara que había puesto antes. Estaba serio. Me dijo que ahora si que me había llegado la hora de ser follada y lo ví manipulando el envase del preservativo y colocándoselo, después de desnudarse. El sexo mío casi recibió con alivio la presión de su pene en mi raja.

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Mis piernas estaban rectas. Luis me las desató y yo doblé las rodillas. Tocaba con mis muslos sus nalgas y sus caderas. Soportaba con agrado el peso de su cuerpo , que en nada tenía que parecerse al de mi corpulento exmarido . Sentí de nuevo su polla entre mis muslos y le ayudé como pude a encontrar el camino, con suaves movimientos de mis caderas.

Estaba muy lubricada y tal vez por eso no sentí molestias cuando el muchacho me la metió impulsivamente con tanta rapidez Se movía exageradamente. Se balanceaba como si fuera un perro y yo intentaba ajustarme al ritmo de su desenfrenada carrera. Me conciencé de que lo que debía hacer era dar rienda a mi animal y comencé a moverme de manera salvaje, hincando las nalgas en el colchón para que mi movimiento fuera todavía más violento . Y así estuvimos los dos durante un rato hasta que empecé a sentir como poco a poco aquella sensación de hormigueo se convertía en un orgasmo al que dí rienda suelta, sin preocuparme de otra cosa que no fuera convertir aquel secuestro en una situación lo más placentera posible. Y me corrí mientras Luis se esforzaba por exprimirse dentro de mí.

Después de eso, nos quedamos ambos dormidos. Yo atada, y él, a mi lado, con la mano sobre mi pecho.

Era ya de madrugada. Me desperté por que tenia ganas de hacer pipí. Yo, después de varios intentos conseguí despertar a Luis y le conté que tenía que ir al servicio. Me soltó las manos del cabecero de la cama, pero no me las separó. Así me llevó con las manos atadas ante el servicio.

Siempre que me han acompañado mujeres al servicio me he sentido un poco incómoda porque alguna indiscreta me mirara. Mi sobrino era indiscreto. Me miraba . Por eso tardé más de la cuenta en ponerme a hacer pipi, aunque cuando lo hice, la verdad es que estuve un rato. Luis me miraba meditando, tramando algo. Abrió el grifo del videl y me dijo que me limpiara . Me senté con las piernas abiertas y me eché agua mientras él se iba del cuarto de baño. Pero no tardó en volver con el vibrador. Lo puso en el fondo del videl, apoyado en la base., con la punta hacia arriba.

Luis fue corriendo el vibrador hacia mi sexo, que con las piernas abiertas y sin pelo, decía Luis que estaba exquisito. Hasta puso un espejo delante de mí para que me pudiera ver. Al final , doblando un poco el vibrador y volviendolo a colocar de píe, se metió ligeramente entre los labios de mi vagina. Luis me lo hincó un par de dedos y apretó el botón de encendido. Empecé a sentirlo vibrar dentro de mí. Los bordes del videl se me hincaban en los muslos y me hacían daño. Yo me movía un poco y así alivia mi dolor , pero de lo que no me podía librar era del vibrador que Luis iba metiendo dentro de mí y cada vez me causaba más placer. Intentaba aguantar la sensación del vibrador en mi vagina pero como en el caso de antes era inútil. Luis tenía la sartén por el mango y yo jugaba a lo que el deseaba y hasta donde él deseaba, por eso al final decidí darle el espectáculo que iba buscando y me corrí como si fuera una loca gritando sin hacer caso a sus deseos de que me callara.

Me corrí y pensaba que Luis retiraría el vibrador, pero me equivoqué. Luis continuó con su juego y yo pude sentir aquel vibrador en mi vagina que se cerraba y que no resistía de nuevo esas vibraciones , de manera que un nuevo orgasmo , más fuerte que el anterior me hizo chillar de placer, pero esta vez sin necesidad de hacer teatro. Sólo cuando Luis me vió realmente agotada sacó el vibrador después de apagarlo.

Cuando me desperté a las doce de la mañana, Luis no estaba. Me encontré las manos atadas con un lazo como el que se usa para los zapatos que deshice tirando con la boca de uno de los cabos. Me encontré una nota en la cocina. Luis se había llevado mi vibrador y mi tanga. Me decía que si los quería recuperar, tendríamos que quedar para ser secuestrada de nuevo. Lógicamente, preferí perder ambas prendas, aunque Luis las vaya exhibiendo por ahí a sus amigotes como trofeos. La verdad es que el motivo real por el que no quedo con Luis es que me da un poco de miedo y un poco de vergüenza, casi le doblo la edad.

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El caso es que dentro de unas semanas es la boda de una amiga mía que es prima de mi exmarido. Estoy seguro que él no va a ir, por que mi amiga me lo ha confirmado. Pero ¿Y Luis? ¿Irá? Mi amiga me ha dicho que irá con su familia. Sólo con pensarlo se me mojan las braguitas.




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